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Érase una vez...

Desde el corazón

[Ahora sí]

[Ahora sí] Un año y ocho meses... O dos años y siete meses, según se mire. No me arrepiento de nada de lo que he vivido junto a ti. Bueno, de algunas cosas que hice al principio de nuestra relación... Ya sabes.

Sé que te ofendí con mi comentario. Ya te dije que no lo hice a mala intención y si escribí lo que escribí fue porque pensé que no te lo tomarías tan mal. Te pido perdón, aunque ya lo hice anoche.

Hemos vivido muchas cosas buenas y cosas malas. Hemos aprendido muchísimo el uno del otro. Yo no he sabido rectificar a tiempo y aprender de mis errores contigo, pero sé que esta relación tan larga me servirá muchísimo a lo largo de la vida.

Siempre tendrás un sitio de honor en mi corazón y en mis pensamientos. Ambos hemos decidido decirnos adiós y pasar la página. No sé qué me espera en este nuevo capítulo. Espero que en el tuyo seas mucho más feliz que el has compartido conmigo.

No puedo echarte nada en cara, excepto el hecho de que me has hecho muy feliz durante mucho tiempo. Jamás volveré a sentir lo que sentí cuando te vi por primera vez. ¿Te aucerdas? Yo jamás lo olvidaré. Fue el día más especial de mi vida.

Te deseo lo mejor, de todo corazón. Que la felicidad te acompañe a cada paso que des. Y espero que puedas perdonarme todas esas veces que te hice daño.

Ahora sé que esto es una despedida porque ambos lo hemos decidido. Pero aún así, tengo la esperanza de que nuestros caminos se vuelvan a cruzar en un futuro. No como novios, pero sí como amigos que se quisieron mucho y aún guardan algo de cariño.

Así que sólo me queda decirte hasta luego. Seguro que nos volveremos a ver.

Sé feliz. 4ever...

[Una estrella fugaz... Que al final se quedó conmigo]

[Una estrella fugaz... Que al final se quedó conmigo] ¿Habéis visto alguna vez una estrella fugaz? ¿A que es algo maravilloso? Algo precioso, que por un instante consigue hacerte sonreír.

Yo vi hace mucho tiempo una estrella fugaz. Pero resultó no ser fugaz, pues se quedó conmigo. Una estrella que brilla con luz propia. Se llama Ana.

Muchos problemas hubo entre nosostras. Malentendidos, malas contestaciones, situaciones de nerviosismo, frustraciones... Pero ambas supimos perdonarnos y olvidar todo lo anterior. Quién me iba a decir que, después de tanto tiempo, todo iba a volver a ser como antes. Bueno... Creo que ahora es incluso mejor que antes.

Me has demostrado que sigues siendo mi ángel, mi niña, mi "warri". Y no te puedes imaginar cuánto ha significado para mí darme cuenta de todo esto. Una vez leí que no debíamos desaprovechar las oportunidades que nos da la vida al brindarnos un nuevo día. Y que en cada día nuevo que teníamos, sería bonito decirla a las personas que queremos, que las queremos. Decir algún perdón, dar las gracias, o sonreír simplemente.

Y le voy a hacer caso.

1- Te quiero mucho mi niña. Eres una gran amiga, una persona espectacular, única. Y no quiero que vuelvas a salir de mi vida NUNCA.

2- Perdóname por todo el daño que te haya podido hacer. Aunque, conociéndote, sé que me perdonaste hace mucho tiempo.

3- Simplemente... Gracias por volver, y quedarte.

Cuenta conmigo siempre. Si te caes, estaré ahí para ayudarte a que te levantes. Si lloras, te secaré las lágrimas e intentaré que la sonrisa vuelva a lucirse en tu cara. Si tienes miedo, iluminaré tu camino para que lo veas todo más claro.

No voy a irme de tu lado. No ahora. Me alegro de que por fin hayas tocado la felicidad con tus deditos. Te lo merecías, princesa.

Nada más que decirte mi niña. El resto, te lo digo la semana que viene, cuando vengas a Málaga. Te adoro.

[Lola]

[Lola] (Un inciso: se me olvidó decir ayer que para votar, tenéis que pinchar con el botón derecho del ratón y darle a ABRIR NUEVA VENTANA. No me preguntéis por qué, pero es así jeje. Gracias por vuestros votos :) )

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No hay duda alguna de que en el mundo hay personas maravillosas, inigualables. Sí, todos somos únicos, pero hay gente que brilla con luz propia. Es el caso de Lola, la protagonista de esta historia.

Lola es una mujer preciosa, con elegancia en el andar. Inteligente y educada. Cada mañana se levanta, viste a sus dos hijos pequeños y los lleva al colegio. Después, se marcha a la oficina a trabajar. A la hora del almuerzo, recoge a sus hijos y se va a casa a comer con ellos. La comida del día, la deja hecha la noche anterior. Después, lleva a los niños a las clases de karate (ya se encarga la niñera de pasar el resto de la tarde con ellos) y vuelve al trabajo hasta la noche.

El poco tiempo que le queda libre del día, lo emplea para limpiar la casa, para hacer la comida del día siguiente y para ayudar a sus hijos con los deberes. Hace mucho tiempo que Lola no sale de compras, a tomar un café con una amiga, a irse de escapada de fin de semana… Hace mucho tiempo que Lola vive por y para sus hijos.

Pero Lola es feliz. Se levanta cada mañana con una gran sonrisa en la cara, con ganas de vivir y de comerse el mundo, pese a que esto signifique que cuando llegue la noche, su cuerpo esté rendido y no dé más de sí. No importa. Lola, ahora es feliz.

¿Ahora? ¿Acaso antes no lo era? ¿Qué ha cambiado en su vida? Todo, ha cambiado todo. Nadie comprende cómo pudo cambiar aquél mundo, aquella maravillosa vida por la que ahora tiene. Antes, no trabajaba, tenía tiempo para todo lo que quisiera, tenía dinero suficiente. Tan sólo tenía que ocuparse de la casa. Para el resto tenía una vida envidiable.

Tenían razón: Había dinero de sobra y tiempo para lo que quisiera hacer. Pero también había un marido. Un marido que no le dejaba aprovechar ese tiempo que tenía. Un marido, que en vez de darle cariño, le daba palizas. Un marido que en vez de brindarle la felicidad, se la robaba y en su lugar ponía el dolor y la amargura. Su vida no era lo que aparentaba ser. Era un infierno, un camino de espinos. En los años que estuvo a su vera, jamás conoció lo que era el amor.

Cometió un gran error casándose con él. El mayor error de su vida. Golpe tras golpe, aquél animal que vivía en su casa creía que se hacía más fuerte, más poderoso. Pero un día, todo cambió. Aquél puño de acero que no se saciaba nunca de hacer mal, un día fue derrotado por el fuego del valor de Lola. No consintió que volviera a levantarle la mano. No consintió que la volviera a rozar.

Aquél día, Lola fue una nueva Lola. Tuvo valor y coraje para llevarse a sus hijos a un lugar lejos del miedo y del dolor. A un lugar donde el terror a los gritos y a las peleas no existían. Cambió los golpes por el trabajo; los insultos por las risas de sus hijos; el miedo por la ocupación del tiempo que antes le sobraba. Aquél día, Lola desnudó su alma para que el tiempo pudiese curarle las heridas lo más pronto posible. Aquél día, Lola aprendió a volar.

Como decía antes, hay personas que brillan con luz propia, personas inigualables. Algunas personas son tan especiales por tener un don: algunas cantan, otras saben hacer manualidades o bailar como los ángeles. Otras personas lo son por tener coraje, valentía, ganas de superación y sobre todo: ganas de vivir. Esas personas tienen una luz, una luz que jamás se apagará, por muchos golpes que den para intentar extinguirla.

Hay personas que brillan con luz propia. Lola, es una de esas personas.

“La mujeres no somos ni superiores ni inferiores a los hombres. Somos iguales. Sin nosotras, los hombres no existirían, y viceversa. ¿Por qué ese empeño en infravalorarnos?”

Dedicado a todas esas mujeres que, como Lola, han sabido decir ADIÓS a esa vida de sufrimiento y a esas casi 60 mujeres que han muerto en el año 2005 a manos de sus compañeros sentimentales.

[Momentos de soledad]

[Momentos de soledad] Tu mirada, tu sonrisa, tus manos...
Cada parte de tu cuerpo está presente en mi vida a cada segundo.
Y es que te echo tanto de menos... Te necesito.
Grito tu nombre y no recibo respuesta. Imagino que te abrazo pero tú no estás...
Necesito que me hables. Necesito que me susurres.
Necesito sentirte tan cerca que parezca que los dos somos uno.

Hoy necesito besarte, necesito tocarte. Necesito decirte que te amo.
Sin ti no soy nada. Nada tiene sentido para mí si tú no estás conmigo...

Te echo de menos.

[Tan sólo un instante...]



Si pudiera volver a tenerte entre mis brazos durante tan sólo un instante.
Si pudiera volver a contemplar tus ojos y recrearme en el brillo de tu mirar.
Si pudiera volver a ver esa sonrisa que me da la vida...

Tan sólo te pido un instante. Un instante para sentirme plena. Un instante para amarte. Un instante para enamorarme.

Te pido un instante. Un instante para que me acompañes al cielo, para que vengas conmigo al Paraíso, para que camines junto a mí, para que sigas enseñándome a volar. Un instante para que me guíes en mi camino, para que me dejes disfrutar contigo tus triunfos y acompañarte en tus tropiezos.

Sólo un instante... Quiero volver a sentir tu respiración. Quiero volver a sentir tu latir en mi pecho. Quiero volver a estremecerme cuando tu piel recorre cada milímetro de mi cuerpo.



¿Me das ese instante, Edu?

Hoy te he buscado...

Hoy te he buscado. Te he buscado en las nubes, en el calor del sol, en el canto de los pájaros. Te he buscado en el color de las flores, en la leve brisa que se colaba por las calles, en el susurro del mar.

Te he buscado en las miradas de la gente que no me miraban. En los labios de aquellos extraños que jamás besaré. En las manos de esos que no me han tocado siquiera. Y no he parado. No he parado de buscarte; lo he hecho hasta rozar la locura.

Pero no te he encontrado. Sólo veía miradas que no ven, manos que no sienten y labios que sólo se mueven cuando hay algo que decir. El susurro del mar me ha traído los recuerdos de este amor. La brisa juguetona, los olores de un tiempo pasado. Ni los pájaros, ni las nubes ni tan siquiera el calor del sol han podido traerte a mi vera.

Sólo recuerdos. ¿Pero qué son los recuerdos? Momentos vividos, a veces buenos. Otras, no tan buenos.. Grito, lloro, desespero... Pero por más que implore a los cielos que me dejen estar junto a ti, que se acabe esta distancia que nos separa. Quiero tenerte. Quiero abrazarte, pero cuando me dispongo a hacerlo, me doy cuenta de que esto no es real.

Hoy he soñado contigo. Y no he tenido que buscarte. Estabas ahí, junto a mí y jurabas no marcharte nunca. Te quedarías siempre junto a mí, viendo pasar los meses, viendo pasar los años. Cumpliendo todos nuestros sueños sin soltarnos de la mano...

Pero me he despertado. Me he despertado y he vuelto a este infierno donde ardo sola por esta pasión que no perdona. Te necesito... Necesito besar tus labios, contemplar tu mirada, rozar tu piel...

Ven. Rompamos esta distancia que nos separa.

[Amigas]

[Amigas] Diana no era una chica corriente. O por lo menos, no para el resto de las personas.
Le gustaba ir al cine sola, caminar por el parque sola y sentarse en un banco o en el césped a observar cómo jugaban los niños.
Todo el mundo la veía como una persona solitaria. ¡Y tenían razón! No se la puedo quitar. Pero era feliz así.
A menudo cogía algún libro (el que estuviese leyendo en ese momento) y se iba a leerlo a la playa, o a la colina. También le gustaba leer en la plaza del centro, cuando hacía sol, con el murmullo de la gente de fondo.
Diana nunca se aburría. Cuando creía que el aburrimiento iba a llamar a su cabecita, se marchaba de casa. A veces se iba a escuchar música a la calle, mientras caminaba hacia algún lugar que su mente le dictaba. Otras veces se llevaba su cuaderno y dejaba que su imaginación volase. Su principal centro de inspiración era la plaza. Adoraba sentarse en sus bancos de hierro a mirar cómo iban pasando las estaciones con insultante majestuosidad. Esa plaza estaba siempre abarrotada de personas con mil asuntos en la cabeza y que no encontraban tiempo para ellos mismos. Diana, como todo el mundo, tenía sus responsabilidades (que a su corta edad de diecinueve años era estudiar) pero siempre sacaba tiempo para hacer esas pequeñas cosas en solitario que le alegraban la vida. Y su preferida era esa: sentarse en la plaza a mirar a la gente que pasaba y escribir historias fantásticas en las que los protagonistas eran sus vecinos; esos vecinos que tanto la criticaban por estar siempre sola.
Si hubierais visto la habitación de Diana, habríais comprobado que era una fotocopia de su personalidad. Las paredes estaban llenas de fotos, de cuentos suyos que grapaba y los colgaba con una chincheta, de postales, etc. Tenía cientos de carpetas, todas ellas decoradas con fotos. Y es que, aunque aparentemente Diana parecía una chica sin amigos, no era así. Hay que diferenciar entre ser solitaria y estar sola. Ella era solitaria, pero tenía muchos amigos y más conocidos. Y todas esas fotos que empapelaban sus libros, sus paredes, sus carpetas y todas sus cosas eran de esos amigos que nadie veía. Dentro de su armario, guardaba cajas de cartón con infinidad de tonterías: papeles de chucherías con algo escrito, servilletas, billetes de tren, de avión, etc. Eran las cajas de sus recuerdos. Lo guardaba todo ahí. Solía decir que le aterraba pensar que podía llegar un día en el que dejara de recordar, en el que todos sus buenos momentos se le borraran de la mente. Y por alguna extraña razón, lo guardaba todo en cajas para verlo constantemente y ejercitar así su memoria.
Las ordenaba de formas diferentes: había cajas de viajes que había hecho ella, cajas de veranos y de inviernos, cajas de ferias y diferentes fiestas y cajas de personas. Las cajas de personas eran pocas. Sólo había tres tipos de estas cajas, puesto que tres eran las personas más importantes de su vida: su abuela, su madre y su amiga Almudena.
Su abuela había muerto hacía ya dos años, y cada día que pasaba ojeaba la caja dedicada a ella para ver las fotos y las diferentes cosas que había guardado a lo largo del tiempo. La caja de su madre aún no se había cerrado pues estaba con ella a cada paso que daba.
Almudena y Diana se conocían desde que eran bebés. Sus madres las paseaban juntas por el parque cuando tenían unos cinco meses. Habían ido a la guardería, al colegio y al instituto juntas. También habían estado en el mismo grupo de amigos siempre y nunca se habían peleado. Eran completamente diferentes, pero cuando estaban juntas, se complementaban a la perfección.
La caja de Almudena estaba ya llena. No se podía meter nada más. Tal vez, por eso el destino quiso que se separaran: porque en esa caja no cabían más recuerdos. Diana y Almudena se dejaban mensajes en los espejos y en los cristales de las ventanas, de forma que sólo lo pudieran leer ellas cuando fueran a la ducha o cuando echaran el aliento a la ventana. Eran mensajes cortos, pero que alegraban el alma: “siempre estaré contigo”, “si te tiras, me tiro”, “gracias por ser mi amiga”, “te quiero”, y así cientos.
Era la forma de expresar lo mucho que se querían pues a ambas les resultaba bastante complicado exteriorizar sus sentimientos. Las dos habían estado siempre apoyándose. Habían estado juntas tanto en lo bueno como en lo malo. Si la amistad existe, sin duda alguna se dio en Diana y Almudena.
Un día, Diana fue en busca de Almudena pero no estaba. No había nadie en casa. No cogían el teléfono y el móvil estaba desconectado. No sabía qué había pasado. De repente parecía que la tierra se la hubiera tragado. Almudena le dio una copia de la llave de su casa a Diana en secreto, así que no dudó en entrar para comprobar qué pasaba. Cuando entró fue corriendo al baño y abrió el grifo del agua caliente. En efecto, había un mensaje. “Lo siento Diana. Mis padres se han peleado y los dos se han ido de casa. Me he tenido que ir con mi madre. Me hubiera gustado despedirme. Volveré a por ti, pequeña. Siempre juntas. Te quiero”.
Pese a la tristeza que suponía el mensaje, Diana tenía en su corazón un pequeño resplandor de felicidad puesto que Almudena le dijo que volvería a por ella y sabía perfectamente que no mentía.

Ahora, cuando Diana tiene tiempo libre, se sienta al lado del teléfono esperando una llamada de Almudena o se tumba en cualquier jardín, para observar las nubes, con la esperanza de que haya dejado en ellas algún mensaje.
Diana sigue esperando a que Almudena regrese a por ella, y aunque aún no lo haya hecho, estoy segura de que lo hará más adelante. La amistad verdadera nunca muere.

Cabalgamos juntas. Morimos juntas. Rebeldes para siempre.

Dedicado a Ingrid, por la amistad que tuvimos un día.

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He vuelto!

11 de marzo de 2005

11 de marzo de 2005 Un año... Ya ha pasado un año. Recuerdo que ese día me levanté tarde y vi a mi madre sentada en el sofá con la cara desencajada. Al principio no me daba cuenta de lo que estaba pasando.

Al momento, comencé a ver los titulares. "Atentado en Madrid", "ya van más de 50 víctimas mortales", etc etc.

Hoy, un año después de todo aquello, no puedo evitar seguir llorando al recordarlo. 192 víctimas mortales. Pero aparte de esas víctimas, están los heridos y lo familiares. Porque ellos... ¿qué pasa con ellos?

Me tiemblan las manos al intentar escribir algo sobre aquél día. Hubo muchas pérdidas, pero todos ellos siguen estando con nosotros.

Aquél día, todos fuimos madrileños. Aquél día, todos íbamos en esos trenes.

Seguimos recordando a todos los que hemos perdido. Ellos no se han marchado siguen con nosotros.

Hoy quiero aportar mi pequeño homenaje a todas las víctimas y sus familiares.

En momentos así, sobran y faltan las palabras. Es una situación demasiado extraña. Siento no poder escribir algo mejor, o al menos con más concordancia. Pero ya lo he dicho antes, me tiemblan las manos.

Hoy, un año después de lo que pasó, vuestro recuerdo sigue vivo.

BASTA YA.

Odio la palabra adiós.

Odio la palabra adiós. Odio la palabra adiós. Aunque, más que la palabra, es su significado. Nunca me han gustado las despedidas… Y por más que he intentado evitarlo, he tenido muchas en mi vida. Y ahora vuelve a llamar a mi puerta un nuevo adiós.
Recuerdo cuando comenzamos a hablar. Nos llevábamos genial. Ninguno sentía nada por el otro. Pero con el tiempo, la amistad que teníamos se convirtió en algo más. Pasaron muchas cosas hasta que realmente pudimos estar juntos, como tantas veces habíamos soñado.
Recuerdo que, a menudo, cuando me acostaba en la cama dejaba que mi imaginación echara a volar. Me imaginaba que mi alma se separaba de mi cuerpo y se convertía en una estrella fugaz. Atravesaba todo el firmamento en cuestión de segundos para ir a tu vera. Cuando yo llegaba a tu lado, estabas de espalda. Yo sonreía y justo cuando te ibas a girar, bajaba de las nubes y volvía a la cruda realidad.
Cuántas veces habré soñado esas cosas… Tú y yo éramos felices en mi mundo de Fantasía. Lo bueno fue que logramos ser felices también en el mundo de los mortales.
¿Recuerdas la primera vez que fui a Madrid? Qué nervios… Y qué fin de semana tan mágico… Irrepetible, sin duda alguna.
Y todas esas veces que has venido a verme, sin importarte las siete horas de viaje… Los paseos por la playa, por el Paseo Marítimo…
Hay tantos recuerdos buenos… Uno de los mejores, fueron nuestras vacaciones en Denia. Diez maravillosos días compartidos contigo. Tiemblo cada vez que recuerdo esa época, que aunque no pasó hace mucho, yo la siento muy lejana. Quizás demasiado lejana…
Esos son buenos momentos, no lo dudo. Pero hay algo más importante que los momentos. Tu mirada, tus brazos rodeándome, tus caricias… Cuando te quedabas mucho tiempo mirándome, me ponías nerviosa y siempre te decía “deja de mirarme que no me gusta”. Y tú sonreías, aunque te dolía que yo dijera eso… Si supieras lo que daría ahora mismo porque me volvieras a mirar con esa dulzura y ese cariño tan sincero… También me quejaba cuando me abrazabas por la calle, o simplemente te ponías muy cerca de mí para que estuviéramos más juntos… Llegaba a agobiarme. Supongo que el estar tantos días sola, sin recibir ningún gesto de cariño, ha hecho que mi carácter se agrie. Lo siento… Ahora no paro de llorar por la ausencia de esos abrazos.
Y tus besos… Cuando me besabas, hacías que me sintiera la mujer más feliz del mundo y la más importante de tu vida. Nunca he probado mejor sabor que el de tus labios y dudo mucho que alguna vez lo pruebe.
Hay tantas cosas de las que me arrepiento… Y por más que lo deseo y lo imploro, no puedo dar marcha atrás. Sólo me queda pedirte perdón una y otra vez, aunque sé que ciertas heridas necesitan tiempo todavía…
Me quedo con las cosas buenas de estos dos años. Y también con las malas, pues nuestra historia la componen las dos partes. Lo bueno me hará sonreír y llorar de la emoción. Y lo malo me dará experiencia para que no me vuelva a pasar. “La experiencia es el peine que te da la vida cuando te quedas calvo”, ya sabes…
Hoy no paro de preguntarme dónde han quedado esas palabras de cariño y ese amor eterno que nos jurábamos. A veces, las cosas no salen como queremos… Y esta ha sido una de esas veces.
Ahora sólo me queda mirar como te marchas, como sales de mi vida y como no te giras para despedirte. Pero yo seguiré mirando cada noche las estrellas. Ellas son los testigos de nuestro amor y serán las que me cuenten cada noche ese cuento en el que una vez hubo dos personas que se amaron tanto que su amor no cabía en la Inmensidad. Sus nombres eran Edu y Davi.
“Tu nombre está escrito a fuego en mi corazón”. Eso me lo dijiste el otro día, y suena en mi cabeza todo el rato… Te echo tanto de menos… Nunca pensé que me dolería tantísimo el separarme de ti… Me acostumbré a que tú y yo fuéramos sólo uno… Y ahora, me falta mi otra mitad. Tendré que acostumbrarme…
Miro al mar, y mis lágrimas se fusionan con sus olas, su susurro intenta acallar mi llanto y su olor calmar mi alma. Pero no hay nada que me quite este dolor. Sólo el tiempo me dará la paz que necesito ahora mismo… Sí, sé que sólo tengo dieciocho años. Pero, ¿acaso las chicas de dieciocho años no podemos amar tanto como las de cuarenta? Es uno de los tópicos falsos de nuestra sociedad.
Yo he amado. He amado por encima de todas las cosas. He amado con mi cuerpo y con mi alma. Lo he dado todo por ese amor. Eliminé mis metas y derramé mis sueños por estar contigo. Te he amado. Y nadie podrá decir que es mentira.
Empiezo a extenderme demasiado…

Odio la palabra adiós. Y no pienso decirla. Esta vez no. Tu recuerdo siempre estará en mi mente y tu ser tendrá un sitio en mi corazón eternamente. Por ello, me voy a despedir de otra forma. Sólo por esta vez. Te dedico mi última sonrisa.

Hasta siempre, Edu.